Cuidemos nuestra pampa
LA REGIÓN QUE SOÑAMOS. Jaime Alvarado, profesor y escritor.
"Un escenario tan rico en recuerdos y memorias del ayer, merece mantenerse incólume. No más daños a las ruinas salitreras. No tiene sentido y se atenta contra un patrimonio del que pocos podemos enorgullecernos". Jaime Nelson Alvarado Profesor y escritor
El desierto de Atacama, en su extensión comprendida entre la quebrada de Tiliviche, por el norte y la de Cachinal por el sur, fue el escenario de una epopeya repleta de actos de coraje, de tesón y valentía, virtudes que derrocharon aquellos hombres -con talla de gigantes- que se enfrentaron a tan inhóspito y desolado escenario, le arrancaron sus riquezas y terminaron por domeñarlo, aunque para ello hubo que derramar sangre y sudor a raudales.
A comienzos del siglo XX, más de doscientas oficinas salitreras lanzaban sus negros penachos de humo al límpido cielo de la pampa. En tanto, sin más herramientas que una pala, una picota y una barreta, los "calicheros" abrían la costra, cargaban carretas y enviaban la materia prima -el "caliche"- donde los "cachuchos", con su permanente hervor cuajaban la piedra en salitre.
Y la pampa se fue llenando de poblados, pequeños unos, grandes los menos. Y en ellos, las familias que los habitaron, se fueron aquerenciando con las soledades, lo hosco del clima y las mínimas condiciones sanitarias en que se sobrellevaba la vida. Allí, las nobles y esforzadas mujeres lidiaban con los chiquillos, soportando rigores y penurias.
Hoy, esos escenarios no alcanzan a ser un remedo de lo que fueron, cuando se vivió el esplendor de la industria salitrera.
Apetitos económicos no tardaron en hacer que una sinfonía de sopletes y dinamita, echara por tierra aquellos laboriosos centros industriales: sus maquinarias, equipos, calderas, estanques, todos, terminaron vendidos por lo que se conocía como "fierro viejo", que se empleó como insumo para la obtención del metal rojo. Paralelamente, las viviendas -ya sin pobladores- fueron despojadas de techumbres, puertas y ventanas. Secos los pimientos de las incipientes plazoletas, se convirtieron en enhiestos fantasmas que alzan sus ramas al cielo, como implorando la lluvia.
Pero esta destrucción no se ha detenido. Y lo he podido comprobar en mis reiterados viajes a los diferentes cantones de la provincia de Antofagasta, incluyendo el lejano ramal de El Boquete.
Cada día se acentúa el deterioro de los restos de las oficinas salitreras, convertidos en ruinas.
Es aquí donde se hace necesario hacer un alto, para invitar a la comunidad nortina -y por ende a los visitantes ocasionales- a cuidar lo que queda. Estos vestigios sagrados, de una época no tan distante, merecen nuestro respeto.
No es comprensible que aún existan aquellos personajes de oscuras intenciones, que llegan hasta las ruinas salitreras con la intención de "hallar algo". Y cuando nada encuentran, se dedican a destruir lo que aún queda en pie. A rayar paredes con consignas irreproducibles, que expresan claramente la bajeza humana de quien trazó esas letras.
A salvo de esta vergonzosa realidad, se hallan las oficinas distantes de las rutas principales. La lejanía es un obstáculo para los bandidos y sus muros -aunque derruidos- se aprecian limpios de rayados. Así en "Domeyko", "Savona", "Dominador", "Yugoslavia" y "Americana", muestran murallas sin improperios ni nombres de visitantes ocasionales.
Acápite especial y suma preocupación merecen los cementerios salitreros. No hay uno solo que no haya sido profanado, con aviesas intenciones. Recorrer el camposanto de la oficina "Santa Luisa" en el cantón Taltal, resulta chocante, dado el alto nivel de deterioro de las tumbas. Lo propio se puede comprobar en el de la ex oficina "Bonasort", del cantón de "Aguas Blancas". En el cementerio de la oficina "Chile" a menos de 500 metros de la Ruta 5, una enorme cantidad de tumbas han sido destruidas, pese a que aún quedan nobles deudos que acuden a hermosear los sepulcros y a dejar flores a sus muertos. Y curiosamente el llamado "Cementerio de los Pestosos", también a unos 500 metros de la ruta a Calama, no tiene tumbas profanadas: Talvez el temor al contagio con aquellas mortales epidemias, ha impedido que los saqueadores hayan concretado su siniestra obra.
También las tumbas de los miles de niños han sido saqueadas por las arteras manos de los bandidos. Y quedan abiertas, como muestra de su deleznable delito.
El deplorable estado de las ruinas salitreras, es un fiel reflejo de que los nortinos no hemos sido capaces de cuidar nuestro territorio, especialmente esos verdaderos tesoros que son únicos en el planeta. Demostramos que no tenemos respeto por ese pasado que nos legaron hombres y mujeres de inmensa talla. Incomparables. Como lo afirma el fragmento de "Apología a mi Tierra": "No había en el mundo gente de igual traza".
"La pampa vio nacer la nueva raza".
Por eso, insisto en la necesidad de cuidar esos despojos. Un escenario tan rico en recuerdos y memorias del ayer, merece mantenerse incólume. No más daños a las ruinas salitreras. No tiene sentido y se atenta contra un patrimonio del que pocos podemos enorgullecernos.
Este es mi sueño y mi más ferviente anhelo. Y es también el deseo de un puñado de descendientes de aquellos pampinos con corazón de gigantes, con voluntad de acero y con una nobleza de alma que conforman la pléyade de nuestros ancestros. Todos los años, en noviembre, verdaderas romerías acuden a las oficinas salitreras, vuelven a hollar las calles donde transcurrieron esos lejanos años. Visitan sus cementerios, pintan sus flores de lata y llevan consigo la esperanza del reencuentro con los que partieron hace años.
Y sueñan -y soñamos- con que los daños no sigan, para continuar regresando al terruño.
¡Qué gesto más hermoso, volver a darle vida a la pampa…!.